Autodestrucción

Una cierta desazón,
Me embarga el daño,
Soy un barco sin rumbo
Y sin timón
Y voy y vengo volando.
 
Sopeso sin razón,
Discurro engaños,
Me avergüenzo si asumo
Cada error,
Continuamente azorado.
 
La vida es un carillón
En pedazos
Que desmantelo y derrumbo
Sobre un Sol
Apenas vivo, nublado.
 
Secuestro cada terrón
Delicado
Y lo sumerjo en el zumo
Del corazón
Más acre, agrio y amargo.
 
La vida se me aferró,
Casi no salgo,
Pero me doy al terruño
Alentador
Del agujero que excavo.
 
Y a la autodestrucción
Me adapto,
Me hago consciente del mundo
De alrededor.
En mi existencia me abato.

Alguien por quien alguien luchó

Antes de ser lo que soy, yo era cool. Antes de mis arrugas, de mi inédito índice de grasa, de mi pérdida de cabello, de mi insomnio, de mi pseudo alcoholismo o incluso antes de cambiar las calafias por el carro, antes de todo eso, yo era alguien por quien, un día, otra persona luchó.

Este hombre que ven aquí, este bulto casi informe que se forjó a base de experiencias y golpes contra el cristal, no es más que el resultado de una búsqueda incesante de lo que encuentro, al fin, en ella. Y no es por alardear, pero aún estaría preparado. Si no fuera porque soy el que tiene que luchar y, sinceramente, la pereza me gana. Cuando la pereza gana a las ganas, es que uno se hace viejo.

Cuando luchan por uno, esa sensación de sentirse deseado, querido – no en el sentido de amado, sino la parte mundana del sentido de querer, de codiciar – es sólo comparable a la sensación de tener lo que uno busca. Pero es aún mejor cuando, aparte de tener lo que uno busca, puede elegir. Y yo podía elegir. Elegía mucho, elegía todos los días, a una y a otra, y las hacía luchar por mí, a sabiendas de que el único ganador era yo.

Ahora ya nadie lucha por mí, así que, como don Quijote, lucho contra molinos de viento que danzan delante de mí como bailarinas de concreto. Y me aferro a la idea de que, algún día, podré ver gigantes; de que, algún día, ella espantará los monstruos a nuestro alrededor y se pondrá a luchar. Pero, obviamente, sólo yo veo esos molinos, esos monstruos y esos gigantes. Sólo yo me veo luchar.

Sólo yo me golpeo contra los cristales irrompibles que separan mi cuerpo del suyo, mis labios de los suyos. Cristales irrompibles que han estado ahí veinte años y que, pese a todo, en algún momento, los dos quisimos romper. Ahora ella los pinta de negro, de su lado. Y del mío no son más que un espejo de mi gran ridículo. De mi patético intento por, como lo era antes de ser lo que soy, ser cool. Ser una persona por la que alguien, ella, lucharía.

La sorpresa de ser maestro

A veces me preguntan porqué soy maestro. Si de entre todas las respuestas posibles tuviera que elegir una que resumiera la mayoría, diría que es porque amo sorprenderme.

La sorpresa es parte de la vida del maestro, parte del día a día. La cotidianeidad es un sinfín de situaciones en las que uno debe improvisar, jugar y aprender. Sin perder la autoridad, sin perder la dignidad; pero siempre llegando de alguna forma a fusionarse con la mente de los alumnos. Ser uno de ellos, en tanto en cuanto el maestro también aprende enseñando, equivocándose, reciclando maneras y puliendo torpezas.

Pero lo que más me sorprende de la vida del maestro es el trato humano. Porque en el salón de clases, los alumnos están abiertos a creer cualquier cosa que, desde el estrado, desde el pizarrón, les contemos. La verdadera responsabilidad del maestro no es tanto enseñar lo que uno sabe, sino estar seguro de que lo que uno sabe es correcto y constructivo. La sabiduría del maestro se medirá en función de lo que sabe, de lo que enseña, de cómo lo enseña, de lo que no sabe y de la certeza de no saberlo todo.

Sólo así el maestro podrá sorprenderse de lo fácil que es llegar a abrir la mente de un alumno. No se trata de aprender. Se trata de desaprender para aprender. De iniciar una revolución interna en cada alumno para romper con las reglas y normas que enrigidecen las mentes, y lograr que esos números de matrícula se conviertan en sujetos pensantes y decisorios. Romper el sistema para que cada uno se adapte de la forma en que más convenga, como un rompecabezas social. Si el maestro consigue que ningún alumno sienta la obligación de pedir permiso para ir al baño, por ejemplo, pero que aun así ellos solos sepan decidir cuál es el mejor momento para hacerlo, estará rompiendo ya una de las normas que dictan, desde tiempos inmemoriales, la relación entre el alumno-paciente y la institución escolar.

Y lo más sorprendente es que se consigue tan fácil que uno se pregunta si estará cometiendo el error de caer en un complejo de dios, o algo así. O si son “los otros” los que prefieren seguir en el estado inmóvil de las cosas que sólo crea futuros votantes-espectadores de TV.

Otro medio que el maestro tiene, es la risa. La risa ha servido desde siempre para rebelarse. Me viene a la memoria “The Great Dictator” de Charles Chaplin como ejemplo. Pero ha habido muchos más que han conseguido hacer reaccionar a la gente con una sonrisa, con una ironía, con un chiste a tiempo… La risa, científicamente hablando, es sólo la reacción del cerebro a una situación real o imaginada que causa sorpresa. Por eso nos reimos cuando alguien se cae o cuando alguien se asusta y da un brinco. El cerebro manda una señal al diafragma para compensar la tensión causada por la sorpresa y la alivia con la carcajada. El maestro debe mandar señales al alumno que le alivien de la tensión que la institución escolar le causa. Debe ser el mediador amable entre una institución que no ha cambiado desde los tiempos de la Academia de Atenas, y el alumno.

Y si finalmente se consigue esa cercanía, y sólo entonces, el maestro se sorprenderá de que los colores y los matices se abren ante sí. Que cada alumno es una persona con sus miedos, sus ilusiones, sus obligaciones, sus deberes y sus fantasías. Y que, como maestros, estamos obligados a enseñarles la forma de llegar a ancianos con la saisfacción de haber logrado una vida plena. Porque la educación es la vía para la felicidad. Y no me refiero al dinero, a la seguridad de un buen empleo; de eso ya se encargan las familias. No hagamos proselitismo ni sigamos la corriente de lo que quieren las familias que enseñemos a sus hijos. La instrucción se la dejamos a ellas.

Los maestros debemos y tenemos la obligación de enseñar a los alumnos a ser felices. Aun por encima de nuestros propios cadáveres. Porque somos soldados de la revolución. Somos los capitanes de una bandada de pollos sin cabeza a los que tenemos que ayudar a pensar con el corazón. Somos los guías a tiempo parcial de una generación que cree que su existencia sólo se basa en el número de cartilla militar.

Amo sorprenderme. Amo sorprenderme con alumnos que me dicen que deben ser ingenieros, abogados, médicos, empresarios… como sus padres, sin más razones. Te lo dicen estoicamente sin un brillo de sentimiento, sin ni siquiera visualizar de qué se trata. Siguen la inercia del número. Amo sorprenderme cuando, a esos mismos alumnos, les encuentras dedicándose a lo que realmente aman, un deporte, un arte, una profesión en definitiva, y les preguntas porqué. Y son capaces, con su respuesta, de llorar, de reir, de bailar, de sentir, de dar razones que sólo el corazón entiende. Que sólo alguien que se asoma a su corazón puede entender.

Esa es la sorpresa que busco. Esa es la respuesta que busco.

Por eso soy maestro. Por ellos, soy maestro.

Curiosidades sobre el Fin del Mundo

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A mediados del siglo XX, se descifra y reconstruye el calendario maya. Conocido desde los tiempos de la ocupación española, nunca hasta ese momento se tuvieron en cuenta las posibilidades y el alcance de dichos cálculos. Esto ocurre en un contexto de guerra fría y de pre-apocalipsis, provocado por las tensiones nucleares entre el bloque capitalista y el soviético, lo que magnifica y crea la leyenda del fin del mundo. Aunque miembros de la sociedad maya llevan ya unos años intentando hacerse oír e insistiendo en que el 20 de diciembre de 2012 (o 12.19.19.17.19, según el calendario maya) no representa más que el fin de un ciclo matemático de cálculo de periodos temporales basados en los movimientos del Sol, de Venus y de las estaciones terrestres, cálculo basado en ciclos de 5125 años, hay muchos detalles que, por coincidentes, no dejan de ser curiosos.

El calendario maya lunar cuenta los meses en grupos de 20 días (kin), lo que hace un mes. Cada “año” (tun) tenía 18 uinal (18 meses), o sea 360 kin. Y cada “ciclo generacional” (katún) tenía 20 años o tun, lo que corresponde a 360 meses. Finalmente, contaban los ciclos solares en baktun, que correspondían a 20 katun, lo que hace 400 años por cada baktun. Para los mayas, los ciclos históricos correspondían con cambios recurrentes en las trayectorias celestes y en las señales que los dioses habían dejado escritas en los astros, como sus órbitas, sus ciclos, sus solsticios, etc. Así, ellos determinaron que cada 13 baktun aproximadamente (algo menos de 5200 años), la historia del hombre se vería influida traumáticamente por los cambios astronómicos que nos rodean. El siguiente día 0 del calendario maya, pues, se expresaría así: 13.0.0.0.0 (13 baktun, 0 katun, 0 tun, 0 uinal, 0 kin).

Al igual que en el año 2000, las cifras redondas de cualquier calendario han sumido al hombre en el miedo al cambio y la indefensión que tiene ante los cambios que la naturaleza ejerce hacia el planeta. Pero, ¿qué hay de lógico en creer que la Tierra y sus cambios vayan a basarse en calendarios hechos por el hombre, cuya existencia no representa más de un 0,1% de la vida histórica de nuestro planeta? Es evidente que en 2000 no ocurrió nada y que se puso de manifiesto que las leyendas milenaristas cristianas no respondían a una visión real del mundo. La cultura y la religión cristianas son tradiciones aparecidas en los últimos 2000 años y no representan más que una ínfima parte de la historia del hombre. El calendario gregoriano está fundado en la fecha aleatoria que Roma impuso como día de nacimiento de su profeta, fecha que, por otro lado, no es la fecha real del nacimiento de la figura histórica de Jesús de Nazaret.

Sin embargo, los mayas adoptan el calendario de un pueblo olvidado de Mesoamérica y que supuso toda una fuente de influencia artística, científica y religiosa, como los Olmecas. Los Olmecas fueron una de las civilizaciones más desarrolladas de su época (entre el 1200 y el 400 a.C.) y dieron luz a numerosas invenciones técnicas como el regadío y la ingeniería agrícola, así como la escritura, las matemáticas, la astronomía y el estudio de la historia. Desaparecieron hacia el 400 a.C., seguramente a causa de la absorción, integración o, simplemente, del exterminio a manos de los mayas, en esa época inmersos en el proceso de creación del imperio clásico, que duró hasta el 360 d.C., aproximadamente.

El calendario maya comienza su cuenta del presente ciclo, alrededor de los años 3200 y 3100 a.C., y si bien los cálculos para convertir esta fecha a nuestro sistema gregoriano han dado por respuesta el día 13 de agosto de 3114 a.C., debido a las diferencias de conteo de nuestro propio calendario con el suyo, es bastante improbable que dicho día 0 se corresponda con esta fecha en particular. Aun así, incluso tomando como bueno este día, existen coincidencias históricas que hacen pensar en algo así como una coyuntura global que gira alrededor de esta época y que ha dado argumentos a numerosos científicos que estudian los cambios cíclicos en la historia del hombre, relacionados con el movimiento de los astros y las posibles influencias que estos han tenido en la historia.

Por ejemplo, hacia el 3140 a.C., se produce en India el cambio más importante de su historia, la batalla de Kurukshetra, parte fundamental del Majábharata, en la que las dinastías antiguas pierden la guerra ante la dinastía llamada de los Pándavas (seres pálidos) que derrotaron al dios Krishna tras 18 días de lucha. Esto marca el comienzo de la era Kali (no confundir con la diosa Kali), en la que el demonio Kali, hijo de la ira y la violencia, da a luz a Muerte y Miedo, hijos concebidos tras su incesto con su hermana Calumnia. La era Kali, que comienza alrededor del 3100 a.C., traerá el fin de la virtud y de la piedad como formas de vida del hombre. Sin embargo, para los hinduistas, este ciclo durará 432.000 años y significará el fin del majá-iugá, o gran era, y dará lugar a un recomienzo del primer iugà, el Satyà-iugà o era de la verdad. No obstante, en términos históricos tan grandes, los hindúes no contaban los años lunares, sino los ciclos solares a los que daban un valor aproximado de 60 años. Si a la duración de 432.000 de la era kali, le dividimos entre esas 60 unidades, obtenemos 7.200 periodos solares, lo que equivale a 20 baktun en el calendario maya.

También hacia la misma fecha, por el 3100 a.C., en Egipto se data el primer documento escrito en ideogramas o jeroglíficos, se funda Menfis y comienza la primera dinastía del Imperio egipcio, con la subida al trono del primer faraón, Narmer, que derrotó al Rey Horus Escorpión, antiguo señor del Nilo y creador del sistema de irrigación de diques. De nuevo, la misma leyenda con distintos nombres. El fin del reinado de los dioses y el comienzo de una era de guerras y de supremacía del hombre. El calendario egipcio, basado en el sol, como el hindú y el maya, comienza alrededor del 3040 a.C., y basa su periodo en 4 ciclos de 1460 años aproximadamente. Esto nos ofrece ciclos solares de 5840 años. Sin embargo, si a esos años le restamos los días de desfase, es decir, el cuarto de día por año que nosotros ajustamos en los bisiestos y que los egipcios no hacían, tendríamos 1.800.000 días de ciclo aproximado, esto es unos 13 baktun, que es lo que duran los ciclos en el calendario maya.

En esta misma fecha, es decir hacia el final del siglo 32 antes de la era cristiana, tenemos grandes acontecimientos en distintos puntos del planeta: se instalan en el valle del Supe los primeros pueblos incas, que traen sistemas de regadío y una nueva jerarquía social y religiosa; en Europa aparecen los primeros observatorios astronómicos (Hagar Qim, en Malta) y las primeras obras de ingeniería (asentamiento de Skara Brae, en Escocia). También la tradición judía establece el comienzo del mundo alrededor del 3800 a.C.

Históricamente, pues, parece toda una coincidencia que en distintos puntos del planeta, la humanidad se hubiera puesto de acuerdo para fijar una fecha y un comienzo de la actividad agrícola, artística, comercial e industrial. Numerosas teorías apuntan a la herencia de esos dioses vencidos en Asia, América y África para explicar que todas las civilizaciones comenzaran al mismo tiempo su evolución hacia sociedades jerárquicas, industriales, comerciales, con un amplio conocimiento del cosmos y la naturaleza. Otras teorías apuntan a que la madurez del ser humano alcanzó su momento álgido en esa época y que es posible que, como un interruptor, pusiera determinados procesos en funcionamiento. Lo que sí es cierto es que a principios del cuarto milenio antes de Cristo, comienza la historia tal y como la conocemos: Mesopotamia, Micenas, Egipto, los mayas, los olmecas, los hebreos, los sumerios… y todos coinciden en que unos seres pálidos (ángeles, pándavas, annunaki, pleiadianos,…) descendientes de los dioses del cielo abandonaron sus labores de dominio de la naturaleza y cayeron derrotados por los hombres, dándoles las herramientas para ello.

El ciclo se termina y lo más seguro es que, al igual que los antiguos, no conozcamos el cambio producido hasta que podamos mirar atrás, después de varios años, siglos tal vez, y seamos capaces de evaluar los cambios éticos y filosóficos a los que estos tiempos nos dirigen. Pero lo que queda claro es que esos ciclos aparentemente esotéricos y sin fundamento lógico, responden a observaciones astronómicas que abarcan miles de años de historia, no del hombre, sino de los astros que nos circundan.

Je suis le vent qui t’emporte

Je suis le vent qui t’emporte
Je suis les vagues qui te soulèvent
Je suis les rayons qui t’échauffent
Je suis la lune dont tu rêves

Je suis le sang qui t’anime
Je suis le cœur qui t’enrage
Je suis la main qui te tient
Je suis les mots de tes pages

Je suis le malentendu
Je suis le temps perdu
Je suis la voix à toi due
Et je me donne à toi, nu

Car tu es la lune dont je rêve
Tu es les rayons qui m’échauffent
Tu es les vagues qui me mènent
Tu es de mon manteau l’étoffe

La bola en tu Ruleta

El día en que nadie pise tu jardín
De rosas amarillas.
Voy a hacerte un velero de purpurina,
Y un ramo de claveles de deseo
Con sol de mediodía.
Para volar entre cerros de salitre
Y espuma de poesía,
De esa que no siente ni padece
Ni tiene sabiduría.
Y asiendo varios cabos a la vez,
Moveré mi pañuelo
Como en las despedidas.
El día en que nadie pise tu jardín
De rosas amarillas.

Y beberé agua marina si me ahogo,
Quemaré todas mis naves en tu puerto,
Y si acaso una bandera de sonrojo
Me descubre en tu playa medio muerto,
Usaré tu recuerdo de muleta,
Andaré con tus botas por la playa,
Pues desde ahora, vaya donde vaya,
No soy más que la bola en tu ruleta.

La noche en que no brillen las estrellas
Por tu melancolía,
Pintaré mis ojos de amargura.
Bañarán de cantos las sirenas
Las playas azules de mi herida
Y cientos de gaviotas
Picarán el lecho de mi ría.
Y un manto de noche fría
Clavará en mi arena su estandarte,
Y mis pies, si no puedo andarte,
Pisarán el suelo en donde yaces.
Buscaré la memoria de tu risa
La noche en que no brillen las estrellas
Por tu melancolía.

Y beberé agua marina si me ahogo,
Quemaré todas mis naves en tu puerto,
Y si acaso una bandera de sonrojo
Me descubre en tu playa medio muerto,
Usaré tu recuerdo de muleta,
Andaré con tus botas por la playa,
Pues desde ahora, vaya donde vaya,
No soy más que la bola en tu ruleta.

Tengo un sueño

Tengo un sueño en el que un político que gana las elecciones por mayoría absoluta durante la más grave crisis económica mundial, ordena el cierre de los bancos durante 4 días para realizar una auditoría pública. Tras eso, por decreto ley, obliga a los suspendidos a cerrar definitivamente, y a los aprobados con peor nota a fusionarse.

Tengo un sueño en el que el gobierno garantiza con dinero público los ahorros menores de 10,000 Euros, los de las clases trabajadoras, y suspende la circulación de los billetes de 500, obligando a todos los poseedores de los mismos a cambiarlos en el Banco Central en un plazo de 1 año y gravando un 10 por ciento de cada cantidad cambiada.

Tengo un sueño en el que el Presidente denuncia libremente la actuación de los cambistas sin escrúpulos y cuyas prácticas son acusadas en la corte de la opinión pública.

Tengo un sueño en el que el esfuerzo de deuda pública se destine a iniciativas de emergencia de ayudas sociales, como subsidios de desempleo, subvenciones a la minería y al campo, y obras públicas, para generar puestos de trabajo no cualificados y fomentar consumo y riqueza en las clases bajas.

Tengo un sueño en el que se obliga a los agricultores y pescadores a disminuir la producción minifundista y organizarse en cooperativas para disfrutar de exenciones fiscales a 3 años, con lo que aumentarán sus beneficios y la repartición de estos será más equitativa. Donde los productos nacionales serán por lo tanto más baratos y aumentará el consumo de estos.

Tengo un sueño en el que el sector industrial disponga de libertad para negociar convenios colectivos particulares, según las condiciones de cada empresa, dando la posibilidad a los sindicatos y trabajadores de conocer el estado real de las cuentas y de la capacidad de creación de empleo, bajo la tutela de funcionarios del Ministerio de Trabajo.

Tengo un sueño en el que los funcionarios del Estado, desde el primero al último, cobren un salario acorde a sus responsabilidades y horas de trabajo, anulando los sueldos base y obligando a fichar a todos ellos (ministros, diputados, senadores, policías, bomberos, médicos, administrativos…).

Tengo un sueño en el que se fomente la creación de nuevos mercados, abriendo el campo y la industria a nuevas drogas legales de uso médico, hasta ahora prohibidas; a la investigación en campos de automatización y de recursos humanos.

Tengo un sueño en el que además de las prestaciones por desempleo, el presupuesto cree programas de reforestación, regadío y adecuación medioambiental a nivel estatal, donde pudieran trabajar más de 100 mil personas de las regiones más afectadas tanto por el paro como por la desertización.

Tengo un sueño en el que los responsables políticos y financieros puedan ser juzgados por actos contra el pueblo y se les obligue a devolver a través de sus propias riquezas o las de sus familiares directos, el dinero recaudado durante su función en el cargo.

Tengo un sueño en el que las personas se jubilan a los 65 años, dando paso a nuevas generaciones de trabajadores y disfrutando de ayudas económicas acordes con el coste de la vida, subvencionadas por el Estado y garantizadas por el Banco Central, sobre un presupuesto de deuda pública de emergencia no inferior al 2 por ciento del PIB, en un plan de redistribución de la riqueza bajo el cual se obligue a las empresas a hacerse cargo del 40 por ciento del seguro de jubilación durante la vida laboral del trabajador, a partir del décimo año de servicio de este y a cambio de una reducción en los pagos a la seguridad social.

Tengo un sueño en el que existe un sistema de impuestos progresivo, donde las rentas más altas paguen hasta el 45 por ciento y las rentas mínimas se vean exentas de contribuir.

Tengo un sueño. Y de momento es un sueño. Sin embargo, estas son las líneas principales que el gobierno de Roosevelt siguió para recuperar los Estados Unidos del crack del 29 y convertirlo en la mayor potencia económica que la humanidad ha visto. Así que, desde el respeto a los actuales gobernantes y partidos de la oposición, ¿a qué juegan, haciendo todo lo contrario? ¿Pretenden acabar con la clase media, con la confianza del pueblo en la democracia? ¿O simplemente son ustedes unos ineptos iletrados que funcionan al son de lobbies financieros y del ladrillo dirigidos por catetos y paletos que lo único que saben de la historia es que “con Franco se vivía mejor”?

Te busco

Te busco entre las sábanas, sobre la almohada fría, sobre mi pecho, entre mis manos.
Te busco en los cajones de tu ropa interior, en la espuma que queda en la ducha, en tu cepillo de dientes seco.
No hay cabellos entre las púas del peine.
Tu maquillaje está donde yo lo puse y el baño no huele más a ti.
Te busco en tu taza vacía, en el cenicero, en la silla fría que me observa cruzar la mirada con la ventana de la cocina.
Te busco en el cajón de la verdura, entre los packs de yogures bajos en calorías, entre un mango y la piña.
Te busco en la calle, entre los coches, en el garaje.
Te busco en el mando a distancia, donde siempre pulso el nueve.
Te busco en el sofá, en la manta de tu abuela, en las noches sin dormir.
Te busco en mi entrepierna.
Y al final, te encuentro en tu pijama, te encuentro en tu mesilla, en el lado de tu cama y en la oscura golondrina.
Me encuentro en tu primavera y en tu otoño, en tu parte y en tu todo.

Ornitorrinco Verde (C) 2012

Quería que fuese y ya es

Quería que fuese activa,
Quería que fuese buena,
Amable, jovial y alegre,
Quería que fuese bella,
Quería que fuese altiva,
Brillante, inteligente,
Que en la noche tuviera frío
Y que me pidiera calor,
Que sus días de vacío
Se los llenara yo.
Que fuera una Bella Durmiente
Y una buena Blancanieves;
Que yo fuera su enanito
Y su Príncipe Valiente.
Que en las mañanas de invierno
Me quemase al despertar;
Y que en el calor del verano
Me enfriase al respirar.
Que fuera indecente en la cama,
Todo en su justa medida,
Y en la mesa, toda una dama
Hasta el final de la comida.
Que durmiese agarrada a mi mano
Para no perderse en mis sueños
Y que encontrara en los suyos
Las fuerzas para su empeño.
Que me enseñara a volar
Con los dos pies en el suelo,
Que me cortara las alas
Y me llevara en su vuelo.
Quería que fuese sincera,
Independiente y atenta,
Querría que no me mienta
El día que ya no me quiera.
Quería, quería, quería,
Sin ver lo que ella quería,
Queriendo que me quisiera
Cuando ya todo tenia.

Ornitorrinco Verde (C) 2012

Alas rotas

Rompemos los escaparates de nuestras promesas y sacamos fuerzas de flaqueza para luchar contra la vergüenza de estar más gordos, más viejos… Y sin querer, queremos. De nuevo. Sin llegar a rompernos la camisa, que eso duele a estas alturas.

Con el tiempo, aprendimos a guardar ases en la manga del chaleco; paradoja imposible de quien siente miedo al miedo y lo vence a base de pesadillas de antaño que vuelven a despertarnos, como en un cuento de Dickens o, mejor, de Poe. Casi de Bécquer, diría yo, porque seguimos teniendo la ilusión inocente de ser los primeros y los últimos; como si en cada intento, en cada golpe, quisiéramos barrer de la mesa errores, mentiras y faltas que se quedaron ahí, como molestas miguitas, después del último banquete.

Pero todo eso, todo contra lo que luchamos, es lo que nos hizo como somos. Para bien o para mal. Casi siempre para mal. Y da igual, porque nos miramos en el espejo del pasado, en vez de en los ojos de quien amamos; y sin darnos cuenta, la memoria, esa puta barata, generosa, que nos vende por nada un espejismo, que nos desata las manos y nos rompe las alas, nos roba el presente sucio y nos regala la película de nuestra vida, pasada por la Turmix de Disney.

Y si no hacemos nada, nos quedamos mirando, cantando las canciones, mientras el cine se queda vacío. Y, al final, ya no queda nadie, excepto aquella mano que nos aferra a un presente que nunca será pasado. Una mano que arreglará nuestras alas rotas.

Ornitorrinco Verde (C) 2012