Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Si su discurso nos retrotraía a épocas pasadas y superadas, su ofensiva en solitario contra otro “amigo prescindible” nos recuerda las campañas de Bush padre, Bush hijo, Clinton y Obama contra antiguos aliados que dejaron de ser útiles. 

Las distintas reuniones entre el equipo del presidente Trump y el Kremlin no dejan mucho a la imaginación:  volvemos a la Guerra Fría porque interesa. Tras el pacto de No Proliferación Nuclear entre Gorbachov y Reagan, a finales de los 80, las grandes empresas productoras de armas fijaron sus ojos en otros objetivos de mercado. Forzaron la caída del régimen soviético y se hicieron con el control de silos de misiles, mientras vendían el arsenal de artillería al mejor postor. Así, grupos paramilitares, narcos y guerrillas se armaron con Kalashnikov del ejército rojo. Por otra parte, Estados Unidos, ante la necesidad de mantener las ventas de armamento y sostener la rentabilidad de los lobbies de las armas que habían apoyado el ascenso de George Bush desde la dirección de la CIA hasta la Casa Blanca, siguió negociando en el mercado Saudi el reparto de artillería a grupos opositores a los regímenes de Al-Baaz (Iraq, Egipto, Libia, Túnez, Siria, etc.).

Tras la derrota en Afganistán, el gobierno de Obama se dió cuenta de la necesidad de desarmar a estas facciones opositoras a través de guerras de desgaste, provocando estallidos violentos y la llamada “Primavera Árabe”. Estos movimientos revolucionarios tenían como objetivo acabar con los antiguos socios de armas y desgastar a sus opositores en guerras infinitas.

Hoy en día, Túnez, Egipto, Libia e Iraq se encuentran en un estado de desgobierno lamentable tras la destrucción de sus instituciones. Siria aguantó algo más. 

La crisis de Siria tiene su origen en el bloqueo del flujo de agua desde los Altos del Golán por Israel, que provocó la ruina del sector rural sirio y la migración de la población del campo hacia las grandes ciudades. Esto trajo como consecuencia un aumento catastrófico del desempleo y la pobreza, y los grupos de corte radical aprovecharon las carencias culturales de los más desfavorecidos para cultivar un poso de rebelión contra Al-Asad. Como siempre, fue la CIA en último término quien armó a los rebeldes, como probara el Washington Post hace un año, para forjar la situación que ahora se vive.

Ni Iraq tenía armas de destrucción masiva ni Siria tiene arsenal químico. Pero los medios de comunicación cómplices del grupo Bilderberg, como Prisa, NY Times, Le Monde, entre otros, han ido creando una opinión en los lectores y televidentes que convierte en creíble la noticia del ataque del martes. Por supuesto, la mejor excusa para la puesta en escena de la gran farsa entre Estados Unidos y Rusia. Una enemistad conveniente que reaviva los fantasmas de la Guerra Fría y que nos sitúa 30 años atrás. 

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