Marie es pequeña, delgada y se pinta el cabello de rubio. Pero eso no le da un aire artificial pues tiene cara de rubia. Tiene un cuerpo pequeño, manos pequeñas, pies pequeños; casi todo es pequeño en ella. Tiene unos ojos pequeños que pueden igualmente expresar un gran odio y también un gran amor, como todas las mujeres. Sin embargo hay algo que es grande en ella, y eso es el corazón. Tiene un corazón inmenso y por ello, es capaz de amar por encima de todo, por encima, a veces, de la lógica y de sus propias posibilidades. Y a consecuencia de ese amor, se aventuró conmigo en un camino sin retorno durante el cual hemos llorado, reído, sufrido, gozado, amado, odiado y, mientras tanto, nos hicimos inseparables. Tanto que, de estar juntos tanto tiempo, nos salió un retoño que se llama Joachim. Él ya tiene seis meses y nosotros dos años. Nosotros seguimos en pañales en la cosa del amor, igual que nuestro hijo, pero eso es bueno. Porque nos esforzamos en amarnos cada día más. Lo bueno de estar con alguien con un corazón tan grande, es que siempre hay espacio para aprender a quererse más. A amarse mejor, a enfadarse menos y a ser más tolerantes. A tolerancia no le gana nadie. Y en lo de amarme, es campeona del mundo. Y yo tengo el récord también de amarla. Porque cuando se ama, hay que hacerlo bien y para siempre. Y aunque seamos bebés en este amor, ya sabemos caminar. Y caminamos hacia el infinito, de la mano, bajo un cielo rosado y con musiquita de película romántica. Y así, para siempre.

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