No me gusta el tabaco mentolado, pero hay de esos que si aprietas el filtro y escuchas un click, se vuelven mentolados. Compraré de esos para que, cuando quieras, podamos compartir un cigarro.
Me gusta el bourbon solo en vaso ancho. Pero sólo si me lo traes tú con poca ropa. O si te pones una camisa mía y unas pantaletas.
Me gusta que, cuando me traes el whiskey, te sientes sobre mí y me robes caladas del cigarro mientras te abrazo.
Sería un buen comienzo de domingo. O un buen final.
Porque antes te habría llevado el desayuno a la cama. Quizás café negro sin azúcar. Quizás un té o un chocolate… Pero siempre en la cama y con mantequilla.
Tú quieres volver a la cama a dormir después de visitarme en mi tarea, y yo vuelvo a la cama pero no te dejo dormir. Sólo un poco. Lo suficiente para darme tiempo a recargar esperanzas y pedir pizza por teléfono.
Tú insistes siempre que no debemos hablar de ello, pero a mí encanta habar del futuro. Para justificarme, te vuelvo a explicar cómo me gusta el whiskey, porque eso te desconcentra.
Y cuando ya estás dormida y ni me escuchas, entonces te cuento que nada te sustituiría. Que abandonaría cigarros, whiskey, pizza, por poder fumarte, beberte, comerte. Y tú ya no escuchas. Y me siento un pendejo porque mis frases más originales se me ocurren cuando tú ya no me escuchas.
Principalmente porque todo esto es mentira. Porque todo esto no es más que una ilusión. Un intento fallido de rescatarme. La última batalla de un legionario herido.
Y aún así, hubiera espantado dragones, hubiera movido montañas, hubiera incluso dejado de fumar.
Pero seguiré aquí, fumando, comprando el tabaco que te gusta; tomando el bourbon como si tú me lo sirvieses; mojando las sábanas con mis lágrimas como si no fueran mis lágrimas las que mojan la cama; preparando dos tazas de café… por si un día vienes. Por si un día te creces. O creces. Yo te amaré con creces.

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